
Mi animal
fue un gusto conocer la cálida brutalidad de tu gemido,
sentir tu boca en el océano polvoriento de mi isla náufraga.
Mi Divino Endemoniado,
eras una tragedia imposible de evitar,
enfermedad y remedio,
muerte y resurrección,
un niño insano,
un hombre bestia,
que humilla y enaltece al ser amado.
Eras filosofía ardiente,
yo la eternidad fugaz de una noche.
Ambos con una falsa identidad
humedeciéndonos hasta enloquecer en este anonimato.
Mi animal,
olías a niebla,
yo a misterio.
Ambos buscando un albergue carnal
donde satisfacer el aroma febril de nuestra lengua.
Y te amé con oficio de puta.
Con caricias maternas
besé cada hemisferio de tu carne
aún sabiendo que es inútil la entrega,
pero te amé bestial con carne de loba
y besos de inocencia.
Mi leproso,
la infección de tu alma
fue un brebaje divino para mi alma-útero,
me entregué cuanto quise y como quise
a la furia de tus enjambres,
mientras la bestia de tus caricias
paseaba por la jungla de mi cordillera.
Después de ti,
Mi Venenoso,
otro tan amargo no he tenido.
Habría sido un pecado no venerar el santuario de tu cuerpo.
Fantasma Azul